EL CABARET DE LOS SUEÑOS
una obra de ISIDRO R. AYESTARÁN

(c) 2008 - 2016

Abandonado en la puerta de un camerino en un destartalado cabaret, fue educado por siete cómicos de la legua en las más variadas artes escénicas entre libretos teatrales, plumas de vedette, pelucas, tacones de aguja, luces de neón, cuplés, coplas, boleros, marionetas, carromatos, asfalto y un sinfín de desventuras que acabaron por convertirlo en un pseudo-escritor de relatos y poemas que recita por escenarios de más que dudosa reputación junto a los espíritus de Marlene Dietrich, Bette Davis y Sara Montiel, quienes lo acompañan desde niño en sus constantes viajes a ninguna parte.


LAS PUTAS TAMBIEN BAILAN RITMOS LENTOS


Mañana recién inaugurada en la calle Montera,
un cafelito con porras para calmar el trasiego
corporal de la noche pasada, un par de medias nuevas
para vestir esas dos piernas cansadas de tanto estar de pie.

Frente a los viejos cines, estatuas humanas que aguardan
en silencio el insulto de las vecinas, las miradas de los turistas,
los guiños cómplices de los policías que vigilan el decoro
del asfalto madrileño antes de llegar a la Puerta del Sol.

Una abuela que lleva a su nieto a la escuela, pasando
por una de las esquinas para visitar a la madre que trabaja
de luz a luz para llevar un sueldo a casa, un “buenos días,
cielo, haz caso a lo que diga la tata, mi amor
”.

Un par de besos que no cuestan dinero, que no son
negociables a cambio de la bajada de sostén que desvelen
dos tetas de poco más de veinte años, con acento
a una Europa oriental cada día más cercana.

Irina, Bianca, Narcia, Dana… morenas, rubias, altas, bajas,
jóvenes casi niñas, ninfas con cara de hada y
cuerpo de ángel caído en desgracia en mitad
del parque El Retiro, mil veces inmortalizado.

Y silencio en todas ellas, común denominador en semblantes
que desvelan que se acuerdan del baile de la comba,
de los juegos en el patio de su ciudad ruinosa por la guerra
y la pericia estúpida y analfabeta de su gobierno.

Putas que bailan ritmos lentos, baladas con sus cuerpos,
un susurro desde lo profundo de sus adentros,
una mirada que desarma al más pintado, al más ruin
de los soldados rasos del negocio del amor.

Y esos ojos que ven a su niño camino de la escuela,
y el juego de pavo real con su bolso de piel sintética,
y el sonido de unos tacones desiertos de alma
que la llevarán, tras un duro día de trabajo,

a amanecer en una habitación de la pensión
Desengaño en Cueros” de la señora Patrocinio,
por poco dinero, más bien escaso placer…
y un nudo en el corazón del deseo y el sentimiento.

(c) ISIDRO R. AYESTARAN, 2008

RECONCILIACION


Debo reconocer con vergüenza y humildad
que en una mala noche de mi vida, en un fatal minuto
de calentón inoportuno e irresponsable,
le puse los cuernos a mi querida mano derecha del alma.

Me fui con la izquierda tras la última copa,
y con el tiempo intenté hacerme amigo de ella
más allá de los minutos fogosos entre unas sabanas
sorprendidas por la infidelidad de mi cuerpo.

Deseé con todas mis fuerzas ser su media naranja,
tal había sido la cautividad que me tenía preso,
y los dos paseábamos mucho por la ciudad,
íbamos juntos al cine, compartíamos pizzas
en el Sal y Pimienta… y charlábamos
interminablemente a la luz de la luna.

Pero la historia no cuajó, hubo algo que falló,
inexplicable a todas luces… Fue en una
fracción de segundo, a lo largo de un silencio
prolongado. Qué sé yo qué pudo ocurrir entre los dos.

El caso es que con el tiempo me reconcilié con mi
mano derecha; la mano que mejor me conocía
regresaba a mí convertida en la amante solícita que siempre
permanece a la espera de su amor eterno.

Y volvimos a reír juntos como si nada hubiera pasado.
Y en las noches de largo insomnio, mientras contemplo
a la luna a través de mi ventana, me levanto y me fumo
un petas sin hacer ruido para no despertarla.

Y qué razón tenía el poeta, pienso tras dar una
calada tras otra, mientras la contemplo profundamente
dormida con una sonrisa dibujada en su rostro.

El primer amor, es el que nunca se olvida.

(c) ISIDRO R. AYESTARAN, 2008

EL RINCON DE LA FANTASIA


Queridos ángeles:

Transportadme hacia vuestro rincón
de la fantasía siguiendo las huellas
de un sueño a través de unos versos,

dejándome arrastrar por vuestras alas
hacia esa fantasía de un mundo de amor.
Yo me adentraré en vuestro mundo,

en ese rincón de la fantasía…
con la esperanza de que tú
habites en él

(c) ISIDRO R. AYESTARAN, 2008

SEÑORITA METRO Y MEDIO


Te convirtieron en escaparate de miradas y paseos
en el centro de una gran ciudad,
sin rechistar ni protestar apenas, y sin
censurar la pretensión de un autor loco.

Una historia de amor que supo a poco,
un molde en fotografía y escayola
para transformarte en estatua silente
en un color cobre con brotes de nostalgia.

Cruce de expresiones en un estudio abuhardillado,
sonrisas tenues para moldear a la señorita
metro y medio con tu rostro y tu cuerpo
en una pose de evocación y magia.

Modelo y artista, un cincel como instrumento
para moldear la perfección de tu mirada,
calando hasta el infinito la sensación de
calidez de toda tu esencia y aroma.

Y el día del estreno, entre el fondo de la gente,
asentiste de manera triste al haberte despojado
de tu persona física para convertirte en aurora
de poetas y bohemios callejeros,

adentrándose todos ellos en el boulevard donde
te colocaron como estatua, para llorar sus amores
rotos en forma de versos o escritos malditos,
naufragando en un callejón de besos perdidos…

Incluido tu creador y artífice, ahogado en
una melodía de piano en un cabaret donde
añora la flor de las musas y el arte, tu nombre
de mujer perdida, que al besarte en el vacío de su alma

se jura a sí mismo el encontrarte entre las calles
de esa gran ciudad, donde te colocaron como modelo
de artistas que añoran, como tu mentor, el silencio de una historia
en una noche oscura a la luz de las velas de su inspiración.

(c) ISIDRO R. AYESTARAN, 2008

LA DANZA DE LOS ANGELES NEGROS


Oigo mil lamentos en la columna de la noche,
alas desplegadas de color negro en unos ojos
agazapados bajo pintura oscura que camufla
identidad, alma, corazón y sentimiento.

Oigo un coro crepuscular entre la luz de las estrellas,
rayos de luz embriagadora que se aferran a mi cuerpo,
que me transportan en una danza macabra
entre los jueces del destino y los pobres mortales.

Llegan a mí como el aullido de un lobo solitario,
transportados en mil imágenes sombrías, en un zoom
alocado y siniestro, sin tiempo a detenerme en cada gesto,
en cada uno de los timbres de su voz oscura.

¿Qué queréis, ángeles de la conciencia?
¿Que me aleje del recuerdo de lo vivido y sentido?
¿Que desaparezca entre vuestros brazos al mundo del olvido?
Sabed que fui libre y amé sin motivo ni condición.

Asaltáis mi noche, os adentráis en mi nombre y mi sueño,
rasgáis sin piedad alguna cada palmo de mi corazón
como aves de rapiña, igual que buitres carroñeros
que se alzan sobre los restos del mausoleo al amor.

Dejadme musitar mi triste historia entre las sábanas etílicas
y alcoholizadas del recuerdo, que es el mío,
lo único que me queda fluyendo entre las venas de la vida
y el vértice de los aromas de su cuerpo.

Dejadme ser paloma entre vuestras manos,
alzar mi vuelo lejos de la pretensión de vuestro empeño,
de las cadenas del olvido entre vuestras alas negras
a modo de gruesa cadena perpetua en una prisión federal.

Ángeles negros y oscuros sin el recuerdo de un beso,
seguid graznando en vuestros despachos ovales,
lejos, muy lejos de las nubes que sostienen el mundo
del sueño que alimento con mis versos.

Encadenaos a vuestras columnas y sufrid la flagelación
del fracaso, y dad la espalda a vuestro Oráculo siniestro.
Sufridlo, sí, ya que naufragasteis en el empeño de hacerme
olvidar que amé y que fui ave sincera en el mundo del amor
.

(c) ISIDRO R. AYESTARAN, 2008

TOMARSE LA ULTIMA COPA


El cartel de la Sociedad Protectora de Fumadores
albergó aquella conversación de madrugada,
al ritmo de una cajetilla medio vacía, cuatro botellines
de cerveza y muchas ganas por mirarnos y hablarnos.

Tú anunciaste que dejarías de creer en todo aquello
que no fueran hadas, elfos y duendes, y que
ansiabas encontrarte con un unicornio para solicitarle
un deseo, una utopía: un mundo mejor para ti.

Y yo te escuchaba en silencio, afirmando mientras
observaba tu propósito de volar alrededor del mundo
en forma de mariposa, como reza la leyenda de la
camiseta que llevabas puesta aquella noche embriagadora.

En silencio, sí, porque en aquel momento sólo
era una patética versión reducida de mí mismo
para dejar lo mejor de mi artillería para cuando
escribiera mis nuevos versos…

Y recordando las palabras del poeta, escritas
en tinta de color vida y sueño, “las luces olvidadas
amanecen al abrigo de nuestras ilusiones
”, concluí
que con un "basta" no se arreglaba nada.

Te invitaría a tomar la última en casa,
aún me quedan en la nevera dos botellines
más de cerveza, música envolvente y una cama
con sábanas limpias.

Y, por supuesto, aún conservo esa pequeña
alcoba de mi corazón que tú convertiste
en hotel cinco estrellas y que no le alquilo a
nadie que no seas tú.

Déjame tocar el timbre de la recepción,
no habrá botones que suba nuestro equipaje,
lo llevamos puesto para una sola noche de amor
al amparo de mil besos y el recuerdo.


(c) ISIDRO R. AYESTARAN, 2008

NANA ANTES DE DORMIR


Las cuatro esquinitas que albergan mi sueño
son cobijadas por el ángel del amor,
por el consuelo a modo de susurro reconfortante
de una mirada directa al corazón.

Los brazos robustos de su sonrisa
llegan a mecerme suavemente ante las posibles
pesadillas que las tormentas del pasado
puedan tentar al guardián de mi viaje astral.

Las luces de su estrella, el calor de su mirada,
de su voz solemne y firme sorteando
los rayos, la tempestad, el rencor, la maldad…
Despertando superhéroe de los tebeos de mi infancia.

Y el viaje nocturno entre algodones y a través de raíles
realizados de migas de pan, me ayudan a encontrar
un sendero de calma y de paz, de amigable sentimiento
en un mundo entero que habla la misma lengua.

Una góndola veneciana, un aria de ópera,
bañarme en la playa con Tadzio y su cuerpo,
aferrarme a lo profundo de sus adentros y morir
en un beso profundo a la luz de la luna.

Ese es mi sueño, mi metáfora ardiente y latente
en esta cuna de madera que no es otra cosa que eso
llamado vida, desde la infancia de la inexperiencia
hasta esa mal denominada madurez sentimental.

Sentir un beso en la frente, revivirme en una caricia
de abuela, despertar del sueño transformado
en un halo de luz que refleje una sombra chinesca
en forma de corazón negro. Y más cosas…

Por ejemplo, que al alba estés a mi lado,
que ese ángel de amor se llame como tú,
y que tus labios musiten la balada perfecta
para, al confundirme con tu cuerpo de nuevo,
esa nana susurrada nos embriague para
no alejarnos jamás del calor de una mirada.

La nuestra en esta historia de amor.

(c) ISIDRO R. AYESTARAN, 2008

QUE TONTOS QUE FUIMOS


Las siluetas troqueladas del recuerdo
ya están lista para salir a escena,
cogiditas de la mano, mirándose a los ojos,
y con el guión bien aprendido.

Las frases de cada uno
se subrayan en distintos colores
sobre el papel, escrito a modo de tortura
por el creador de una loca historia de amor.

Pero todo parece olvidarse, ignorarse en ese
horizonte diseñado tras la borrachera de unos
sentimientos, mezclados con licor añejo y tres piedras
de rencor oculto con sabor a olvido.

Qué tontos que fuimos es el título
del libro de cabecera junto a la lámpara,
el pastillero de las hierbas con olor a monguis
y la fotografía realizada una tarde de domingo.

Y las frases estúpidas de compromiso
se diluyen en la orilla de una playa,
ya que no sirven de nada cuando el nudo en la garganta
aprisiona el alma de los malditos enamorados que se
recuerdan en la penumbra de la noche, en el onanismo

que ya no es vicio sino evocación de derroche,
de volver a tenerse frente a frente,
teniendo en la punta de la lengua ese beso de amor
que no se sabe dar a estas alturas de la película.

Pero qué tontos, cariño, qué rematadamente tontos
que fuimos al separar nuestros cuerpos de la
compenetración física de nuestras almas.

Y es que el día que reviente mi cabeza-centrifugadora,
pobre del que esté cerca, ya que recogerá
retazos de vida, poemas y boleros al estilo Chavela.

Y no pidas que lo explique en pocos versos,
ya que estos serán tan inmensos como el recuerdo
de un aroma a ternura revolucionaria por volver a tenerte dentro.

… Muy dentro de mi alma.

(c) ISIDRO R. AYESTARAN, 2008

VOLVER


Me hablaron de la tierra prometida,
de luces azul celeste,
de brazos acogedores y
de miradas que asienten.

Me habían explicado que
las historias de amor siempre acaban bien,
y que el sepia es un color antiguo
reservado para una foto familiar de fin de siglo.

Pero los libros homologados de la ciencia impuesta
no dan respuesta a lo que hay tras los puntos suspensivos,
ni nos cuentan el por qué decir te quiero es tan
complicado en este mundo de palabras calladas.

Y aquí sigo, buscando respuestas,
volviendo al origen de un punto de partida
que empujaba hacia el epicentro de un dolor amargo.
Y volver, volver, volver…
A veces sin saber para qué,
despertando de un sueño terrible en mitad de la noche.

Me habías confundido con el sabor de tus labios,
con la sencillez de una sonrisa,
con la luminosidad ardiente de una mirada
capaz de decirlo todo con casi nada.

Habías logrado que creyera sin verte,
sin profundizar en un silencio eterno
desde el territorio inhóspito de nuestras
sábanas impregnadas del elixir del amor.

Pero la ausencia del calor hace que
refugie mi rostro de las miradas del resto de la gente,
como si fuera de un color distinto con olor
a Tercer Mundo aún sin civilizar.

Y aquí sigo, buscando respuestas,
volviendo al origen del porqué existe el rechazo
a culminar un sentimiento en plena primavera.
Y volver, volver, volver…
a veces sin saber para qué,
despertando de un sueño terrible en mitad de la noche.

(c) ISIDRO R. AYESTARAN, 2008

SEGUIRE SURCANDO MADRID


El sex-shop de la
planta baja de mi apartamento
invita a un negocio de
amores escondidos en una cabina.

En mi pequeña cocina
preparo desayuno para uno solo,
pero friego dos tazas, dos cucharas,
duermo en un rincón de la cama
pero acomodo tu parte de la almohada.

Al echar la basura en el
contenedor de la calle,
miro de reojo el mercado del amor
mientras surco tu recuerdo
por todo Madrid, mientras
escribo nuevos versos.

Mientras las parejas caminan de la mano,
la Cibeles me acoge de nuevo,
la Plaza Mayor me invita a pasearla,
los rincones castizos me sonríen
a golpe de cafelito con porras,
y la Gran Vía, esa poderosa Gran Vía
multicultural, sin etiquetas ni sonrisas nerviosas,
Gran Vía multisexual,
me convida a todo un despliegue cosmopolita
mientras cierran uno a uno todos sus cines.

Y de regreso a mi apartamento,
tras apagar las últimas velas
en La Troje, enumero todas
las promesas incumplidas en este billete de ida:

. Se vino conmigo el anillo de “El baile del otoño”.
. Me acordé en cada sorbo del elixir
etílico producido por el abandono.
. Volví a llorarte en la noche madrileña,
por sus rincones, sus excesos, sus quimeras…

Y llego a la conclusión de que
esas promesas rotas son el nombre
de cada uno de los remos que utilizo
para conducirme en esta nave del olvido.

Un olvido con resquemor a nostalgia
a deseo de regreso,
a volver a verte aunque me quede
quieto y preso en mi mesa de “El bolero”.

Un olvido al escribir de nuevo
unos versos que han de ser sueño
en este cabaret lejano y distante
que, de nuevo, lleva nombre de mirada.

Y una mirada sin retorno
al fondo de mis pensamientos.

Mientras, seguiré surcando Madrid…
(c) ISIDRO R. AYESTARAN, 2008

ADICTO AL ESPIDIFEN


Un poema social sobre algo común a todos los mortales:
si te duele la cabeza, te tomas un espidifen;
si es dolor de muelas lo que te preocupa,
esa mano de santo que es el polvo blanco bien
diluido en un vaso de cristal, que hasta los medicamentos
tienen su clase, te hará olvidar tal dolencia;
si por el contrario es dolor menstrual, quizá
también lo cure. Yo no tengo experiencia en ese ramo;
y así, para todo tipo de males, no se olviden del
espidifen. Tenerlo bien a mano, en la cartera, en el
interior del bolso, bajo las sábanas de la cama,
junto a los condones o lubricantes o entre
los cadáveres que se puedan guardar en el fondo
de armario. Que cada uno tiene lo suyo en casa.

Pero ¡ay, amigo! si lo que te atormenta es el peor
de los males conocidos, comúnmente llamado desamor,
para eso no hay pastilla ni sobre de espidifen que lo cure.
Y es que si los ojos de los amantes lloraran al
mismo tiempo, al unísono y a la misma hora,
se evitaría la dolencia y las noches sin dormir.

Yo intenté curarlo a puro huevo y solo, porque no
quería ni olvidarte ni perderte…
Ahora te toca pasarlo a ti… si puedes.
A mí me tocó llorar a las cinco de la madrugada.
Ahora que son las tres de la tarde y no echan nada
en la tele que te pueda distraer, intenta diluirte
un sobre de espidifen para pasar el mal trago.

Y ojalá lo cures, querida mía.
Le darás la razón a los boticarios, científicos,
y demás personal de laboratorios médicos.
Le darás la razón a ellos, a todos ellos…
menos a mi corazón, que era quien mejor te conocía
quedándose solo naufragando en el agua
de otro tipo de vaso de cristal:
el más frágil de todos.
Aquél del que están hechas las historias de amor.

(c) ISIDRO R. AYESTARAN, 2008

EL CABARET DE LOS SUEÑOS


La puerta entreabierta da paso a una nueva subida del telón,
tras una huída, una toalla rendida, un beso furtivo a mi Apocalipsis,
olvidarme del dolor, con el resquemor que eso produce,
pero soñar aunque sea despierto. Sobre todo, soñar.

Un escenario nuevo, con los versos que yacen bajo mi chistera,
bajo esa máscara de color plata que utilizará algún personaje,
con la música que llega a mis oídos en un solo de guitarra
que se transforma en la balada del poeta errante del pasado.

Sentarme en El Bolero a escuchar historias tristes,
leyendas urbanas sobre amores perdidos que se hacen realidad,
y una, dos, tres, infinitas cervezas con aroma a porro urbano
cuyo humo queda devorado por una metáfora de soledad eterna.

Y verte de nuevo por espacio de unos segundos
a través de la puerta sin cerrar de mi cabaret de sueños,
tú paseando a tu Robin con la mirada perdida en algún punto
del recuerdo de la historia que se muere en nuestra distancia…

Pero seguir soñando es mi nuevo empeño,
y disfrutar con lo que mejor sé hacer,
que es escribir, pretender llegar al corazón de quienes me leen
contando historias cercanas que devoraron, antaño, al creador
de unos versos nocturnos a la luz del crepúsculo.

Y seguiré soñando contando historias nuevas
en un absurdo empeño por que no se me despierte nunca.
Porque quisiera abrir los ojos y verte en mi regazo, escuchando
atenta lo que te musito al oído, con tu perrillo en tu brazos.

Pero eso no sucederá, pequeña, por ese otro tétrico
toque de armónica que aparece en las baladas tristes de los poetas,
que nos llevan a lugares distintos donde las nubes amortiguan
el dolor del pasado y la angustia del desamor.

Por eso abro este cabaret de sueños,
escrito con el aroma de los potentes somníferos que logran
que la quimera surque mi noche al ritmo del tic tac
de tus pasos al acercarse de nuevo a mi corazón para siempre.

Y una última posdata como felpudo de bienvenida:
qué bonito es soñar, aunque sea despierto o escribiendo
poemas como el que abre mi nuevo universo literario
amparado en el recuerdo de unas siglas - T Q M.

(c) ISIDRO R. AYESTARAN, 2008