EL CABARET DE LOS SUEÑOS
una obra de ISIDRO R. AYESTARÁN

(c) 2008 - 2016

Abandonado en la puerta de un camerino en un destartalado cabaret, fue educado por siete cómicos de la legua en las más variadas artes escénicas entre libretos teatrales, plumas de vedette, pelucas, tacones de aguja, luces de neón, cuplés, coplas, boleros, marionetas, carromatos, asfalto y un sinfín de desventuras que acabaron por convertirlo en un pseudo-escritor de relatos y poemas que recita por escenarios de más que dudosa reputación junto a los espíritus de Marlene Dietrich, Bette Davis y Sara Montiel, quienes lo acompañan desde niño en sus constantes viajes a ninguna parte.


EL TESTIGO SOLITARIO DEL PASEO MARITIMO


Otro jamacuco.
Creo que mi corazón aguantará
dos o tres más, y los médicos
me dan largas alegando que he de tener
una vida más tranquila.
Hay que joderse.


Cada día que pasa me canso
más que el anterior,
y ya apenas puedo caminar más allá
del paseo marítimo,
por lo que me siento en uno de
sus bancos de madera,
ilustraciones constantes
de mis anteriores poemas,
y mientras cojo apuntes para
nuevos recitales, me dedico
a mirar a la gente.


Ante mis ojos pasean jubilados,
viudas que disfrazan su soledad
confundiéndose entre otros mortales,
turistas de primavera con acento extraño,
parejas comiéndose a besos y que
van cogidas de la mano...
Y yo, mientras, en mi Tercer Mundo de
convalecencia y muriéndome de hambre.
Qué mierda de pastillas sedantes.


Hay chulazos solitarios de los de
"toma pan y moja" que se sientan
en otros bancos a leer libros
o a mirar el paisaje,
estudiantes que se corren las clases,
perritos estrafalarios con adornos
estúpidos que sus dueños horteras
les ponen, y los pobres, con un ladrido,
me piden un auxilio a modo de crítica
en alguno de mis versos.


Y luego están mis padres,
que me distraen de mi mundo silencioso
con sus charletas constantes sobre
lo mal que funciona el gobierno.
¿No venderán bozales para hunanos?


Otro jamacuco.
Y yo, solo, mirando la vida,
que sin palabras me lo cuenta todo.


Ir y venir de cuerpos de todo tipo,
sin abdominales o con cintura de avispa,
maratones en el carril bici y
carreras de supervivencia entre aquellos
vagabundos que fueron algo importante,
y que ahora naufragan en el océano de
las colas enormes del paro.


Hace frío a la hora del almuerzo
en mi paraje cotidiano de enfermo solitario,
y como puedo, me levanto y dejo que
mis pasos me lleven hasta mi buhardilla,
donde tras leer mis apuntes sobre los
actores que pueblan este escenario,
lanzo una mirada sincera y certera
hacia no sé muy bien dónde,
para que el encargado de esas cosas
del teatro baje el telón muy despacio.


No están los tiempos para análisis, pienso.
Además, ya es la hora de tomarme
la pastilla de color rosa para los nervios.


Mañana tengo de nuevo consulta con mi médico.
Y como cada semana, le contaré mis cosas.
Y como siempre, al terminar,
él me dirá con la mejor de sus sonrisas:
"a cuidarse... y que pase un buen día".


Y sí...
hay que joderse.


Un poquito de amor en tiempos de guerra (Bunbury)

(c) ISIDRO R. AYESTARAN, 2009