EL CABARET DE LOS SUEÑOS
una obra de ISIDRO R. AYESTARÁN

(c) 2008 - 2017

Abandonado en la puerta de un camerino en un destartalado cabaret, fue educado por siete cómicos de la legua en las más variadas artes escénicas entre libretos teatrales, plumas de vedette, pelucas, tacones de aguja, luces de neón, cuplés, coplas, boleros, marionetas, carromatos, asfalto y un sinfín de desventuras que acabaron por convertirlo en un pseudo-escritor de relatos y poemas que recita por escenarios de más que dudosa reputación junto a los espíritus de Marlene Dietrich, Bette Davis y Sara Montiel, quienes lo acompañan desde niño en sus constantes viajes a ninguna parte.


BAJO EL VOLCÁN



Cuando despertó, hacía mucho tiempo que la aurora había dado los buenos días a los primeros vagabundos que yacían hacinados sobre el asfalto; ya se había recreado abiertamente con los que, bajo la continua pesadilla de su insomnio, habían anhelado desde hacía horas el desembarazarse de su cotidianeidad rutinaria; incluso se había deleitado con los que deslizaban sus tragedias ante hojas en blanco o partituras sobre pianos desvencijados que apenas dejaban entrever sus destellos melódicos.
El amanecer había madrugado, sí, y cuando Kayson decidió alejarse del territorio húmedo de sus sábanas onanistas, ya despuntaba el mediodía en el calendario y la música de réquiem sobre la humanidad mortecina.
Con un cigarrillo mal liado entre sus labios, vestido apenas con un minúsculo calzoncillo que no dejaba nada para la sugerencia y un sombrero de tejano americano, echó un vistazo por los botellines de cerveza que bailaban música lenta sobre el parquet. Blasfemó abiertamente al comprobar que la suerte en forma de alcohol le era esquiva de tanto habérsela jugado a una sola carta la noche anterior. Se estiró con deleite ante la ventana de su cuarto, a modo de escorzo esculpido sobre un bloque de mármol, una suerte de David entre Miguel Ángel y Donatello pero con aires de chapero suburbial, con la losa de su vello púbico despuntando en la erección matinal sin una porción de alimento en su interior. Había vaciado sus reservas pocas horas antes. Previo pago, claro.
Lesley sollozaba bajo la ventana de la alcoba de manera tímida, apenas audible para quien vuela en primera clase por su paraíso de nubes. Vestida con un camisón rasgado y con ráfagas de rimmel, sangre y lágrimas sobre el resto de un cuerpo malherido por los años dedicados a la autoflagelación, levantó la mirada con gran esfuerzo por entre los surcos de su angustia y apenas pudo decir nada que no significara otra cosa distinta a lo que evidenciaba en ese preciso instante.
– ¿Sigues aquí? – preguntó Kayson volviendo a su condición de hombre tras desperezarse a un ritmo lento incluso para él.
Ella volvió a humillar la mirada. El rió divertido y siguió buscando por el resto de la habitación. Un colchón sobre el suelo, un par de libros entreabiertos y separados en esquinas distintas, sábanas amontonadas en plan cordillera presta para la escalada… y poco más que no fueran botellas, cristales y fragmentos de una noche pesada.
– ¡¡Allí está!! – dijo tras volver a blasfemar como invitación a su juego de busca y captura.
Era un artilugio destartalado, una pequeña peana de madera con una bailarina de ballet rota a la que le faltaba una pierna, una de las manos y parte de su falda volátil. El resto, adoptando la posición de preparación para el ballet.
Kayson soltó una carcajada, la agitó entre sus manos unos segundos y una música pareció sonar del interior de la figura, que se movía torpemente de tan deshecha como estaba. Música de vals, sonido de otra época, distinta manera de bailar, otra forma de sentir la melodía… y él, retornando de nuevo al colchón, dejándose envolver por aquella sensación de bienestar, cerrando los ojos para soñar que volaba en dirección al paraíso.
Con la música, Lesley se retiró las lágrimas del rostro y se levantó poco a poco, con cansancio en unas piernas que ya jamás podrían dejar entrever lo que habían sido tiempo atrás. Se acercó al colchón y, como si fuera parte de ese mismo artilugio, bailó al son de aquella bailarina que había conocido épocas doradas. Con movimientos decididos, como si conociera la geografía exacta de aquella coreografía.
Kayson abrió los ojos, alejó el cigarrillo de la boca de un soplido certero y tras unos segundos observando el cuerpo de Lesley moviéndose al compás de la caja de música, con los jirones del camisón deslizándose por su anatomía endeble, arrojó con furia a la bailarina sobre una de las paredes. Y con el impacto y el estruendo, Lesley gritó al tiempo que se desmadejaba sobre el parquet, como si al cesar la música un Sansón bíblico hubiera derribado el templo empujando las columnas que lo sostenían.
Kayson también gritó con furia, alzando el vuelo sobre el colchón y aterrizando sobre ella con estrépito. La levantó como si fuera una muñeca de trapo, la zarandeó y la abofeteó salvajemente dos pares de veces antes de estrellarla contra el suelo.
El silencio se instaló en la alcoba de manera tajante y poderosa. Sólo el hilillo del sollozo de Lesley colocaba la pierna en la puerta para que lo dejaran pasar, como si fuera un cartero que llama más veces de las requeridas y decide entrar para que le firmen el taloncito del envío certificado.
Se habían conocido la noche anterior. El había llegado a la ciudad y se había instalado en aquel hotel de mala muerte. Ella paseaba su mala vida a cambio de unos billetes. El resto fue fácil. Un pacto nada caballeroso concluía que por una hora ella era capaz de hacerle cualquier maniobra nada desdeñosa. Y lo hizo. Cumplió su parte del trato. Pero él, lejos de solicitar hoja de reclamaciones, vertió sobre ella todo el fulgor de su cuerpo, pleno de alcohol y droga. Abusó de la hora del contrato extendiéndola más allá de la noche y la madrugada.
Ella sólo tenía ropa usada, maquillaje barato y muchas horas de vuelo rasante con el tren de aterrizaje deshecho desde hacía tiempo. Él, una bolsa que esquivaba de la mirada de ella, un atributo sexual poderoso, como de toro de rodeo, y aquella caja de música como único recuerdo de una infancia marcada a fuego en horas de maltrato paterno, reformatorios y uniformes judiciales. Una caja de música que sonaba a vida en un domingo perpetuo. Una música como señal de identidad para ambos.
Kayson se puso unos pantalones raídos, una camisa sin botones tras haberlos arrancado a lo largo de horas de presidio e interrogatorios y unas botas de montar con hebillas doradas. Adornó sus labios con otro cigarrillo tras un suspiro de desagrado, se colocó su bolsa de lona sobre la espalda y comenzó a andar en dirección a la puerta de salida.
Una última mirada entre ambos, como de reojo.
Ella volvió a levantarse torpemente, con aquel reguero de sangre desde la mejilla hasta la barbilla, con su pelo mugriento, sus ojos vidriosos nada catedralicios y su verdadero despojo como reflejo de un espejo donde la verdad – su verdad – se había cansado de reclamarla como suya.
Las sirenas de varios coches de policía hicieron acto de presencia, envolviendo la atmósfera de ruido ensordecedor en aras de la legalidad mal hilvanada en mamotretos apolillados desde hacía mucho tiempo. Pero esas sirenas no rompieron el silencio entre ambos, sus miradas y el significado de aquellos últimos instantes entre las cuatro paredes de aquel hotel de mala muerte. Como la suya.
Kayson esbozó una sonrisa triste, como de cansancio. Rebuscó en su bolsa y le arrojó un fajo de billetes. Luego, sin olvidarse nunca de su cigarrillo sobre los labios, se llevó el dedo índice de su mano derecha a ellos. Reclamaba silencio en aquel fatídico momento. Un silencio como el que le había acompañado toda su vida y del que quería alejarse para siempre.
Y lo logró. Su despedida fue todo menos silenciosa, una verdadera procesión de disparos con redoble de algarabía y gritos de viandantes.
Kayson, aquella vez, huyó en la dirección correcta. Su propio final ansiado desde hacía mucho tiempo.
Lesley se movió torpemente a lo largo del suelo de la habitación, entre los cristales de las botellas rotas y los fragmentos de las ventanas, deshechas por los disparos legales de la policía que vela por el bienestar ciudadano.
Se aferró a los restos de aquella bailarina que había sido entronizada tiempo atrás sobre una caja de música, y musitando la melodía que también había vivido y bailado tiempo atrás, cuando era una niña que supo a destiempo que las sonrisas también tienen fecha de caducidad, se dejó quemar por la lava que escupía el volcán de su propia vida.
Como la de Kayson.
Como la de tantos otros Kayson que habían pasado de largo, como si la vida no fuera algo a tomar en serio.
Hasta la última gota de lava.

(c) Isidro R. Ayestarán, MMXIV

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