EL CABARET DE LOS SUEÑOS
una obra de ISIDRO R. AYESTARÁN

(c) 2008 - 2017

Abandonado en la puerta de un camerino en un destartalado cabaret, fue educado por siete cómicos de la legua en las más variadas artes escénicas entre libretos teatrales, plumas de vedette, pelucas, tacones de aguja, luces de neón, cuplés, coplas, boleros, marionetas, carromatos, asfalto y un sinfín de desventuras que acabaron por convertirlo en un pseudo-escritor de relatos y poemas que recita por escenarios de más que dudosa reputación junto a los espíritus de Marlene Dietrich, Bette Davis y Sara Montiel, quienes lo acompañan desde niño en sus constantes viajes a ninguna parte.


CRÓNICA DEL AYUNTAMIENTO DE SANTOÑA

El rapsoda Isidro R. Ayestarán consiguió remover emociones la tarde del martes a los asistentes a su presentación. Su manera de recitar los versos influenciada por su trayectoria experimentada en los espectáculos de café teatro dejó a la Sala Víctor de los Ríos de la Casa de Cultura en el más sepulcral de los silencios. Logró sin duda trasladar a sus oyentes a las vidas de los personajes que sus poemas retratan.
Tras ser autor y protagonista de varios espectáculos poético-teatrales con su "Cabaret de los Sueños" y ser premiado con el Primer Premio del XVI Certamen Nacional de poesía Merche Lanza, el poeta santanderino Isidro R. Ayestarán se adentra en las historias de fracaso de multitud de personajes fabulando con las circunstancias de sus vidas en un derroche de sentimientos que buscan el retorno a la inocencia infantil frente a la cruda realidad adulta.
En el transcurso de la velada, el poeta rememoró cómo su abuela conoció a Miguel Hernández. “Mi abuela era de Cartagena y en la Guerra In-Civil, como son todas las guerras, se hizo dama de la Cruz Roja como única manera de volver a ver a sus seres queridos heridos o encarcelados aunque sólo fuese una vez”, ha explicado el rapsoda. “En su deambular por todo el sur curando enfermos, conoció a un hombre al que cuidó con el cariño de una abuela. En agradecimiento este señor le escribió unos versos que ella guardó siempre hasta que en las constantes mudanzas de la familia se perdieron finalmente. No sabéis lo que es para mí saber que aquel hombre era Miguel Hernández”, ha declarado emocionado Isidro R. Ayestarán.
El poeta ha analizado la sinrazón de la guerra, la miseria de quienes tienen que vivir en la calle, la tristeza de quien no pudo alcanzar sus sueños de infancia y los anhela. Dedica el libro a la difunta Ana Diosdado que participó en uno de los relatos que lo componen y evoca melancólicamente su infancia perdida.
El Ayuntamiento hizo entrega al poeta de unos libros pertenecientes al certamen literario Santoña... La Mar e invitó al celebre rapsoda a participar en el mismo. 

fuente:  http://www.santoña.es

recital en CASA CULTURA de SANTOÑA (Cantabria)

Dentro de los actos organizados para conmemorar la Semana del Libro, la Casa de Cultura de Santoña acoge este martes la presentación de mi poemario en la Sala "Víctor de los Ríos", a las 19.30 horas.
Os espero!!!!!!

recital en ATTICUS-FINCH

Jueves 14, a las 19,30 h.
Nos veremos los versos en esta coqueta librería de la calle Palma de Madrid.

ABRIL EN VERSO




Abril se presenta pletórico en cuanto a recitales con "De cuando quise acariciar el cielo con mis propias manos":

día 14 - librería ATTICUS-FINCH (Madrid)
día 19 - CASA CULTURA SANTOÑA a través de librería N. Áncora (Cantabria)
día 21 - librería LA BUENA LETRA (Gijón)
día 23 - librería HYDRIA (Salamanca)

Mis pequeñas historias en verso y mis personajes, vuelven a meterse dentro de la mochila, junto a mi muñeca de trapo, para volar alto, muy alto...


relato en el HOTEL REAL (Santander)

Este es el relato que narré ayer en el Hotel Real de Santander con motivo de la inauguración de las jornadas de Gastroletras, que se desarrollarán a lo largo del mes de abril, mes del libro. Una historia sobre un escritor en ciernes que es testigo de sorprendentes escenas:



Permítanme que les cuente una historia, a fin de cuentas ese es el objetivo principal de hilvanar letras, aunque sea entre plato y plato, como el evento que nos ocupa en el día de hoy, esta jornada de Gastroletras como tributo no sólo a Galdós, sino también a Concha Espina, José María de Pereda, el Beato de Liébana, don Miguel de Cervantes y Saavedra y el amigo Hemingway, quien aparte de narrar muy bien diversos tipos de historias, además sabía de vida y de noche como el que más.
Todos ellos nombres ilustres dentro del plano literario, grandes personalidades… como las que pululaban por el Gran Hotel donde se desarrolla la historia de la que les hablaba al principio. Un hotel como este, lleno de alma y de vivencias donde también se dio cobijo a grandes nombres de la Historia: realeza, burguesía, gente de la industria del cine, la alta sociedad y la baja (que siempre hubo quien le hincó el diente a eso de acumular ceros y apellidos en su cuenta bancaria o en su documento nacional de identidad). Estoy seguro de que entre las cuatro paredes de ese Gran Hotel, como en este donde nos encontramos hoy, se idearon los planos de enormes y fastuosos edificios, se crearon las partituras de enormes epopeyas líricas, se diseñaron suntuosos vestidos de novia para princesas de cuento y hasta se escribieron los diálogos más famosos de aquellas viejas películas que ni el cinemascope podía ocultar su esencia a naftalina y trucos de los de antes (de los de ahora, mejor no hablo). E, incluso, se escribieron capítulos enteros de aquellas inolvidables obras literarias que todos conocemos hoy día. Por sus habitaciones desfilaron todos ellos. Compositores, actores, bailarines, cantantes, científicos, poetas laureados, algún que otro Premio Nobel con la querida de turno… y el protagonista de nuestra historia. Un escritor que, pese a gozar de unas vistas envidiables desde la balconada de su suite, sufría la peor de las pesadillas para un autor: la crisis de la página en blanco.
No importa la época en que se desarrolla la historia. Podría haber ocurrido a finales del diecinueve como hace cinco minutos. El caso es que ya desde por la mañana, casi al amanecer, las pelotas de papel arrugado asfaltaban el alfombrado de la habitación; el cenicero yacía atestado de colillas; el mueble bar había sido literalmente asaltado; todo el decorado daba idea de un enorme caos autodestructivo. Y hasta a Lisardo, el encargado del servicio de habitaciones, le albergaba la duda de que aquel extraño y desquiciado huésped estuviera realmente en sus cabales, máxime cuando a primera hora de la mañana, sin casi tiempo a golpear levemente la puerta de la habitación con sus enguantados nudillos, un auténtico huracán de metro setenta y tres, envuelto en una bata blanca y descalzo, salió de la habitación en dirección a ninguna parte, a una velocidad que ningún radar pudo registrar, y eso que doña Casilda Montenegro, Dama de Compañía de una adinerada familia de banqueros, cotilla oficial y metomentodo por devoción, ocupaba la habitación contigua.
Y en eso, mientras la mayoría de los huéspedes dormía plácidamente la mañana, reposaba la noche bohemia o, en algún que otro caso, lidiaba por disimular con toses y aspavientos determinados ruidos propios del esfuerzo humano, la gran cristalera que daba al balcón principal, con balaustre de mármol y demás lindezas arquitectónicas, se abrió de par en par con sonoro estruendo enviando a los cristales labrados que la decoraban  a un periplo en dirección a una lejana, muy lejana galaxia. Y como ese silencio mortuorio que se instala previamente a una gran catástrofe, también en ese mismo momento el reloj de la vida se detuvo unas décimas de segundo antes de que se produjera el Gran Estallido, así, en mayúsculas, como lo utilizaron los titulares de todos los periódicos que se hicieron eco de semejante acontecimiento histriónico en el Gran Hotel en aquella mañana que, ingenuamente, se la prometía tranquila y sosegada.
Un grito atroz y nada solidario con la hora que marcaba el reloj salió del interior de nuestro protagonista para susto y cuasi infarto de Lisardo, el encargado del servicio de habitaciones, quien había ido a la carrera tras el desquiciado personaje de la bata blanca por si fuera necesario el empleo de sus escasos conocimientos en pelea personal para lograr aplacar semejante muestra de vendaval humano.
– ¿Dónde moráis, malditas arpías? – fueron las palabras que todo el mundo entendió en un radio kilométrico que oscilaba entre Faro Mayor, a la vuelta de la esquina del Gran Hotel, y el puerto de Tarifa - ¿Por qué? ¿Por qué me habéis abandonado, musas del demonio?
Era tal la furia y el revoltijo consigo mismo de aquel extraño huésped, que Lisardo, haciendo mutis por el foro, se dio la media vuelta en busca del gerente del Gran Hotel, de los Cuerpos de Fuerza y Seguridad del Estado, los Tres Ejércitos y de hasta don Melquiades de la Benigna Concha, quien, pese a no ejercer profesionalmente con uniforme alguno, cuando abría la boca para dialogar, hasta las piedras lograban entenderse entre ellas.
Y en eso, de nuevo se instaló el silencio en el balcón principal del Gran Hotel. Nuestro protagonista, con la cabeza escondida entre sus manos, que parecían agarrotarlo de tal manera que ni hasta lo más íntimo podría escaparse de entre sus dedos, notó una suave brisa deslizándose por entre la parte baja de su bata blanca. Luego, una mano se posó sobre su hombro derecho de manera contundente.
– ¿Lo ves, querido Sancho? – dijo una voz a su espalda, con tono grave, frío, a lo Fernán Gómez – No era el repiqueteo de un aspa de molino de viento, sino el alarido estruendoso de un gigante en apuros.
– Déjate de milongas, Triste Figura – soltó otra voz, más cálida y afable que la anterior – Que yo soy el último postre en esta historia y el pestiño aún no está ni ideado por el gran chef.
Poco a poco, mientras las dos voces seguían dialogando a dúo, nuestro escritor en apuros fue desembarazándose de su férrea máscara de diez dedos, y lentamente, con una coreografía entre temerosa y curiosa, se dio la media vuelta para mirar a los ojos a sus extraños interlocutores.
Pero allí, en el balcón principal, ya no había nadie. Sus ojos, escondidos tras horas interminables ante la hoja en blanco, se abrieron de norte a sur previo paso por el este y el oeste, pero nada. Sólo una densa niebla ocupaba un área considerable de la balconada. Y la brisa también, que seguía jugueteando de manera pícara con su bata blanca, bordeando casi delictivamente la frontera entre lo permisible a los ojos de grandes y decentes damas y la sordidez visual de un extraño personaje que, vistiendo de frac, apareció de entre la niebla, sentado ante un enorme piano de cola mientras sus dedos se deslizaban mágicamente por las teclas dando vida a una melodía juguetona.
– Buenos días, caballero – le dijo sin dejar de pestañear los dedos.
Al mismo tiempo, aparecieron varios niños vestidos con traje marinerito de Primera Comunión, dando brincos y haciendo girar un enorme aro adornado con banderas del arco iris, arremolinándose junto a un trío curioso de adultos que jugaban a la comba. En un extremo, un hombre cano, de poblados bigotes y perilla, ponía verdadero ahínco en el movimiento de su muñeca derecha, casi a la par que su oponente al otro lado de la cuerda, una vieja dama con pelo a lo fregona de tiras de microfibra haciendo juego con Cayetana de Alba, quien ponía verdadero interés en ir más rápido que su contrario.
– ¡¡Venga, Chemari!! – decía ella – Que no se diga, que soy mayor que tú. ¡¡Más rápido!! ¡¡Arriba!! ¡¡Peñas arriba!!
El hombre, ya visiblemente fatigado tras unos segundos de frenética actividad, cesó en su tarea y se tomó su tiempo para responderle.
– Mire usted, doña María Concepción Jesusa Basilisa, que nuestro menester es muy distinto a este, que lo de tirar de comba para que este otro papanatas brinque hacia lo alto, está muy lejos de nuestras tareas literarias. Y ya sabe usted, zapatero a tus zapatos…
Y efectivamente. Sin dar crédito a lo que había delante de sus ojos, y mientras intentaba poner orden en su bata blanca para que la brisa no siguiera haciendo de las suyas, nuestro escritor en apuros, entre el estupor del sueño o la pesadilla más surrealista, tenía ante sí a don José María Pereda y a doña Concha Espina, insignes literatos donde los haya, dándole al juego de la comba mientras en el centro de tan improbable como alocada escena se encontraba una especie de monje ataviado con un hábito multicolor de cuya parte trasera despuntaban dos inmensas alas negras. Con los brazos en jarras por el cese del juego, miró directamente a los ojos al personaje de la bata blanca y le dijo:
– Permítame que le hable a mi manera, oiga, pero mi lengua y mi atavío no son de esta época, que soy docto y erudito desde hace siglos, que mi obra está muy por encima de la de muchos premiados con el Planeta y el Nadal, y que he sido secuestrado por estos dos pelmazos que pugnan por el mejor monumento en unos jardines destartalados para hacerle saber que así, como usted se comporta, lo único que logrará es abonar páginas en blanco sin ninguna letra en relieve con que adornar las mentes ávidas de historias y personajes. He dicho.
Y así, después de que doña Concha Espina le saludara con una sonrisa de oreja a oreja a la par que don José María Pereda le hacía un gesto de ánimo con la mano que le quedaba libre, continuaron con el juego de la comba mientras el monje, en uno de los saltos, alzó el vuelo para volar alto, muy alto, muy alto…
– Son como niños – dijo otra voz a su espalda mientras los de Primera Comunión jugueteaban por el jardín del Gran Hotel.
Al fondo, bajo el ramaje de un frondoso árbol, un hombre de rostro amable le saludaba con la mano mientras le señalaba al grupo de niños.
– Y se lo digo yo, que aparte de hombre de letras también fui diputado en Cortes – prosiguió otro que no era sino el mismísimo don Benito Pérez Galdós – ¡¡Marianito!! ¡¡Pedrito!! ¡¡Pablito!! ¡¡Albertito!! No molestéis a este señor y comportaros como debéis. ¡¡Que sois el absurdo del mundo entero, caramba!!
Los críos, que vistos más de cerca no lo eran tanto pese a los pantalones cortos que llevaban, se alejaron jardín abajo, dejando atrás a los del juego de la comba, contrariados por el vuelo del monje y absortos, en ese preciso instante, en una trifulca que se originaba pocos metros más allá, donde dos mujeres se enzarzaban en una bronca verbal que acabó con tirones de pelos, arañazos, bofetadas y demás lindezas nada propias del género que poseían.
– Y estas dos no aprenden – dijo Galdós levantándose de su asiento con aire circunspecto – En mala hora las hice protagonistas de nada.
Y tal y como apareció, desapareció.
Y de entre la densa niebla que volvió a hacer acto de presencia, nuestro perplejo hombre, que no se recuperaba de una cuando se encontraba con otra, se vio rodeado por una morena y una rubia, hijas del pueblo de Madrid, la una como metáfora de corral y gallinero, la otra, chica de prendas excelentes, modestita, delicada, cariñosa y bonita. Las dos, en pleno combate a la usanza de las pescadoras más afamadas de nuestro Puertochico santanderino.
Por lo que pudo escuchar de las palabras de la una hacia la otra, pues eran más las onomatopeyas de los golpes que los vocablos esculpidos en sus carnosos labios, se disputaban el orden de aparición en un menú gastronómico como homenaje al mundo de las letras. La morena tenía las de ganar, pues aparentaba más de pueblo llano que señorita de postín, como la rubia, pese a que ésta gritaba más histriónicamente que la morena, pues de histerismos sabía más que de palabras, palabrotas y demás ciclones verbales que la morena.
– Yo apuesto por la de pelo oscuro – dijo una voz a su espalda – Y tiene razón en lo que dice. Como entrante caliente no tiene precio, aunque solo sea por el temperamento que se gasta la tía.
Un hombre de amplia sonrisa, barba cana, jersey de cuello alto, copa en mano y cigarrillo en la comisura de los labios, parecía disfrutar de la pelea.
– Por cierto, un consejo – le dijo mirándole a los ojos una vez que nuestro atónito personaje se giró para ver quien le hablaba en ese momento de apasionante combate femenino – Ya que busca hasta la desesperación el que las musas hagan acto de presencia en su insistente devenir por el mundo de las letras, intente que cuando aparezcan, si lo hacen, ya que muchas de ellas se jactan de ser disolutas y atolondradas, le pillen a usted trabajando.
– ¿Cómo dice usted? – acertó a decir el escritor en ciernes.
El hombre de la barba blanca soltó una carcajada, volvió la vista hacia las dos mujeres que se peleaban de lo lindo, ahora con sus respectivos mantones, y tras gritar un “ánimo, Fortunata, que tú eres de las mías”, volvió a mirarle a los ojos.
– Así da gusto pasearse por esta España que tanto añoro. Y ahora, caballero – le dijo mirando su reloj de pulsera – me tengo que dar un garbeo por la plaza de toros, que la ginebra por estos lares es escasa, que en esta historia no soy más que el prepostre y que tengo a Ava Gardner esperándome fuera para irnos a correr una juerga como mandan los cánones. Ahora le toca a usted seguir con la historia. Palabra de Pulitzer y Nobel.
Y dicho esto, chasqueó fuertemente los dedos.

La suite del Gran Hotel amanecía con el día. Los primeros rayos de sol se filtraban por la persiana del ventanal. Al fondo, la cama estaba como cuando entró por primera vez, perfectamente hecha, con su colcha a juego con el color de la pared y los cojines que la adornaban.
Y él se encontraba en la misma postura que desde hacía horas, esculpiendo letras, como él llamaba a su ejercicio constante y disciplinado ante un buen montón de folios en blanco.
Se oyeron unos leves toques en la puerta de la suite, y tras la orden, Lisardo, el encargado del servicio de habitaciones, entró de manera silenciosa y depositó un papel sobre la mesa donde él se encontraba escribiendo.
– La minuta del día, señor – le dijo.
Luego, abandonó la habitación.
Tras unos minutos, depositó sobre la mesa el bolígrafo de oro que le había regalado su madre cuando cumplió los dieciocho años, contempló lo que había escrito, esbozó una leve sonrisa y, satisfecho, se recostó sobre el respaldo de la silla. Dirigió la mirada hacia el amanecer y tras permanecer pensativo unos segundos, desvió su atención hacia la minuta que le habían dejado sobre la mesa.
Sonrió divertido por la ocurrencia de denominar a cada plato con el nombre de un escritor o un personaje literario, y decidido, se dirigió hacia el cuarto de baño para comenzar el día con una buena ducha y una buena comida.
Tras una buena historia labrada con tesón sobre una hoja en blanco, le quedaba la satisfacción de poder decirse a sí mismo:
– Hoy va a ser un gran día.

Felices letras, y buen provecho

(c) Isidro R. Ayestarán, 2016